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    número uno / number one (2008)

TEXTOS / TEXTS:
FERNANDO SOYOUNG, DIEGO CHOZAS, ALEJANDRO GIL,
JOSÉ MANUEL CAMÍN, DAVID MAYOR.
   


Premio a toda una vida
Fernando Soyoung


Ahora que iba a recibir ese estúpido premio, William pensaba, no sin cierta amargura, que cincuenta de sus ochenta y cinco años no habían servido para nada. Puro éter en una mente que de puro inquieta sólo cosechaba esa pesadumbre que da la conciencia del tiempo perdido, siempre en espera de algo mejor, algo que le removiera por dentro y le hiciera encontrar más veces ese sabor breve pero infinito llamado felicidad. Dejó de buscarla, se dejó llevar. Se dejó atrapar tácitamente por su trabajo inerte y aburrido, por sus relaciones siempre adulteradas a causa del recuerdo o del miedo a agonizar en su propio hastío, por su propia autocomplacencia de ser inadaptado y casi siempre discrepante de la gente que le rodeaba. Cuánto tiempo desperdiciado, pensaba, en situaciones que le llevaban en volandas por ríos que nunca provocaban inundaciones, cuántos estímulos atados por su propia parálisis vital. Piensa en tantas cosas, y tantas descorazonadoras, que sólo quiere bajarse del coche y volver a casa, a su cama, para intentar dormir y alejarse así de tanta devastadora tristeza. Pero esta vez no puede, en breves momentos recibirá ese fútil reconocimiento a una vida que se supone brillante y que nadie adivina inane. «El verdadero riesgo es no arriesgar» leyó William una vez. Ahora ya sólo acierta a preguntarse qué haría si volviera a nacer, y en su aletargada aflicción ni siquiera es capaz de asegurarse a sí mismo que si retrocediera en el tiempo haría todo aquello que sus entrañas le empujaron a hacer y no se atrevió.
 



Llave lluvia
Diego Chozas





Le colgaba siempre del cuello un cordón con una llave especial y, cuando llovía realmente apretado, ella, en cualquier parte, podía meter la llave entre el agua y entonces una puerta se abría. Al otro lado las gotas caían aún más despacio que pequeñas pompas de jabón, y se descubría que los relámpagos eran gente en realidad, con caras blanquísimas como de estatua en el extremo que bajaba. Al principio caras de bebé, pero se las veía envejecer muy rápido, a medida que caían y que vivían sus vidas de relámpago, en las que les daba tiempo a dormir sus ocho horas diarias como a todo el mundo, a relacionarse, y a educar a sus hijos lo mejor que podían. Las explosiones que se escuchaban desde el otro lado de la puerta en días de tormenta eran las palabras que los relámpagos pronunciaban durante toda su vida, como dichas de golpe.
 






El arquitecto karateca contra el anciano incandescente
Alejandro Gil


El anciano incandescente se hizo famoso hace años por escribir un poema en la planta de un pie, de mujer, claro. Era un pie pequeño. Era un poema largo. Entonces ya era un anciano. Dicen que siempre lo ha sido, yo nunca he podido verlo en directo. La mejor baza del arquitecto karateca: el aforismo escotado. Escribe bellos aforismos en los escotes de las damas. El árbitro recita de memoria las reglas. Afuera albornoces, a continuación los siete pasos, cada uno hacia su esquina, sin mirar al contrincante. A la izquierda con calzón verde, gafas de pasta, perilla y acento porteño el arquitecto karateca. En el rincón de la derecha, con calzón rojo y bastón el anciano incandescente. Suena el gong. En primera fila una chica con traje chaqueta de pantalón color beige. Viste camisa blanca, un blanco roto. Zapatos de punta, de medio tacón, también de color beige. Fuma, fuma tranquila, sin pose. Fuma muy despacio. Fuma con la derecha, en la mano donde descansa un anillo de brillantes. No apura el cigarro. Antes de tirarlo se lo pasa a la mano izquierda. Lo pisa con el pie izquierdo. Sus movimientos son pausados. Trazados a pluma. De repente se levanta, sin aspavientos, y comienza a andar camino de las escaleras. Un andar pausado y seguro. El público está muy exaltado, no logro descifrar qué pasa. Todo el público está de pie. Vuelvo a la fumadora. Ha desaparecido. El arquitecto karateca yace en la lona rodeado de papeles y libros sin orden aparente. El anciano incandescente parece mucho más joven ahora. El anciano karateca no mira en ningún momento al enfervorecido público, cierra el libro que sostiene entre las manos. El preparador levanta las cuerdas para que pueda pasar y baja del cuadrilátero. Su andar es pausado y seguro. Sus movimientos parecen trazados a pluma. Pasa a mi lado. En un primer intento no logro leer el título del libro. Sigue caminando y entonces sí puedo leerlo: La clave del arte de vivir en medio de los agobios del mundo moderno.
 






El niņo de polvo
José Manuel Camín


Desde la altura el paisaje es gris. En las colinas el viento agita los ásperos matojos de tomillo, levantando remolinos de polvo blanco. En el terrible silencio sólo se escucha el grito del viento. El viento estrellándose contra la roca, la madera, el cristal. Aullando como un demonio por el interior de los tubos de aluminio, azotando con fuerza las vallas de malla metálica.

Más abajo, donde la pendiente de la colina se transforma en barranco, donde el cuarzo duro, blanco y brillante surge de la tierra como los huesos de un gigantesco cadáver, hay una zanja. Dentro de la zanja se oculta el Niño de Polvo.

El Niño de Polvo observa desde abajo, escucha el grito del viento. Se oculta con sus enormes ojos negros, su pelo negro y su rostro blanco. Desde la altura no puedo verlo; pero lo imagino allá abajo, su cuerpecillo escuálido y pálido en postura fetal, agazapado en la zanja, observando, esperando.

Conozco el sendero de grava que desciende hasta la zanja. Sé los pasos que tengo que dar para llegar hasta allí. Quiero preguntarle al Niño de Polvo qué es lo que espera, qué es lo que observa desde su escondite; pero me horroriza lo que pueda responderme.

Así que, con los ojos entrecerrados, con la boca llena de tierra, con las piernas temblorosas, doy media vuelta y el viento grita cada vez más fuerte, metiéndose en mis pulmones, metiéndose en mis oídos. Y allá abajo el niño se queda solo, observando con sus enormes ojos negros y una palabra esperando a salir de su boca. Esa palabra que no quiero oír.
 



Insomnio
David Mayor








a mi cuerpo le falta el tuyo

el tiempo que me falta es el tiempo que tardas
en llamarme

la culpa es esta noche ártica sin cristal
que la contenga ni bebida rabiosa


ni un beso te di

 

     
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